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Full text of "Sergio Stipanic 2003 Moulin"

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Sergio Stipanic 






ScRgio Scip&nic 


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% 

Editorial FIN DE SIGLO 



ISBN: 9974 - 49 - 307 - 2 

Editorial EIN DE SIGLO 
Eduardo Acevedo 1624 
Tel/fax: 400.0214 
e-mail: finsiglo® adinet.com. uy 

Queda hecho el depósito que ordena la ley 
Impreso en Uruguay - 2003 

Diagramación y armado: 

ELENA BOTELLA 

Diseño de portada: 

AUGUSTO GIUSSI 



A mis hijos Ivánjf Fabián 
A mis amigos que siempre están 




“Nosotros, los de entonces, 
ya no somos los mismos". 

Pablo Neruda 




9 


Moulín 


1 


La noche llega y no avisa. La noche se acerca 
despacito, despacito, como la muerte. Hay un mun¬ 
do distinto que circula de noche. Los personajes de 
la noche son distintos a los del día. Hay una cultura 
de la noche. Sus luces, sus marquesinas, sus rojos, 
sus lloviznas, sus rengos. Daniel pasó mucho tiem¬ 
po viviendo de noche y durmiendo de día. Con sus 
boliches y sus borrachos. Con sus gritos. La oscuri¬ 
dad cubría todo con un manto de misterio. Cada 
noche había algo nuevo, una sorpresa. Daniel estaba 
cansado ya de vivir de noche, de deambular por las 
calles del centro o del bajo, estaba cansado del 
Sorocabana o del Lusitano o del boliche de Manolo 
donde recalaba de madrugada para tomarse un cor¬ 
tado. Un gusto amargo de soledad y de derrota. ¿Se¬ 
rían más felices aquellos que caminaban hacia las 
paradas de los ómnibus rumbo a su trabajo? 




_11 

SAdo/t/át 


2 


Y finalmente llegó el fin del año. La ciudad 
nerviosa. La gente cumplía con un ritual amable, ri¬ 
sueño, deseándose felicidades y prosperidades. Lla¬ 
madas por teléfono, bares atestados de parroquia¬ 
nos, oficinistas que tiraban papeles por las ventanas, 
tránsito pesado, bocinazos, gritos. 

Llegó Fin de Año. El Moulin, el gran cabaret, 
preparado para recibir el año nuevo. Esa noche una 
coreografía especial. Las mujeres con sus vestidos 
más bonitos. Las mesas con una vela encendida. El 
mostrador atestado de clientes. Cantará esta noche 
para todos, Lissette. Es un travestí brasileño perfec¬ 
to. Una voz femenina algo ronca. Un cuerpo feme¬ 
nino algo delgado. Unas manos delicadas, finas y muy 
blancas. Mencho acompañaría al piano. El cabaret 
Moulin despediría el año e iniciaría el nuevo con 
champagne y whisky, risas y besos, abrazos amisto¬ 
sos y un dejo de soledad cuando los habitués se re¬ 
tiraran dando tumbos y la borrachera pasara con la 
suave brisa de las primeras luces del alba del nuevo 
día. 



12 _ 

ScRgio Scip&mc 


Es Año Nuevo. Para Rosana es el primer año 
en el Moulin. Llegó allí traída por una amiga que la 
presentó. Venía de un fracaso y se dejó llevar por los 
oropeles y la plata fácil. Sin embargo estaba triste. 
Pensó en su madre cuando la llevaba a la escuela en 
las épocas de niña. Pensó en la estafa de su padre 
desconocido que nunca estuvo a su lado. Esa noche 
Rosana tomó, tomó licor hasta marearse. Al retirar¬ 
se, en la puerta del cabaret, besó y apretó fuerte¬ 
mente el hombro del portero, un viejo ex boxeador 
que parecía saber todos los secretos de la mucha¬ 
cha. 



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SVto/ilt >/ 


3 


Juan Pedro salió de mañana muy temprano a 
remar por la bahía. Era una de sus pasiones. La otra 
era la música. La mañana estaba fresca, de otoño, 
pero de sol. El puerto le parecía inmenso. Ahí todo 
era calma. A lo lejos la ciudad, gris, silenciosa, con 
sus edificios, con su Palacio Salvo. Más cerca, sobre 
los muelles, grúas y actividad. El remaba en el 
antepuerto. Los grandes barcos parecían langostas 
metálicas quietecitas. 

Las cosas con Ana no andaban bien. Juan Pe¬ 
dro buscaba en el remo la meditación y el descanso 
mental. Ana era muy especial. Tenía sus cosas bue¬ 
nas y sus cosas malas, pensó Juan Pedro. Vivía sola 
en un apartamento frente a la rambla de Pocitos. Y 
allí precisamente se reunían con el grupo de amigos 
para tomar vino y escuchar buena música. Ana era 
impredecible. Había momentos en que Juan Pedro 
se desconcertaba. A veces Ana era dulce, tierna, ca¬ 
riñosa y de pronto era hiriente y hosca. Allí se agre¬ 
dían de palabra. 

Ahora remaba rumbo al Cerro. Saltaban las li¬ 


sas. 



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ScRgio Srip&ntc 


Volaban las gaviotas con sus graznidos. El agua 
estaba calma. Más allá los tanques y la gran chime¬ 
nea de la Ancap. Dio vuelta la cabeza y dejó de re¬ 
mar un instante. Fijó la vista en la ciudad que se 
extendía entre brumas. Parece desierta, pensó Juan 
Pedro. Aquí se olvidó el rencor, las penurias y la 
guerra. 



_15 

SMouíút 


4 


Daniel caminaba por caminar, por matar el 
tiempo. Caminaba por las calles de la ciudad, por 
una plaza y después, por el interior de la casa de sus 
padres. Caminaba por caminar, por no saber estar 
solo, por demostrar que aún podía. Era una sensa¬ 
ción de impotencia, de desasosiego. No podía com¬ 
batir la soledad. Entonces caminaba. Su calle favori¬ 
ta era 19 de Abril, en el Prado. La recorría toda y 
culminaba en el Jardín Botánico. A veces llevaba con¬ 
sigo su cámara fotográfica, una Zenit, y sacaba fo¬ 
tografías a las casonas, a los árboles, a los rayos de 
sol que culminaban en las fuentes 

Ahora estaba sentado en un viejo tronco de 
un árbol caído. Recordaba la higuera que daba som¬ 
bra a los almácigos. Olor a tomillo, a orégano, a 
menta. Era su niñez feliz en la casa de la abuela 
Máxima. Esta, toda vestida de negro, repartía el maíz 
y el afrechillo a las gallinas. Dorado, el elegante ga¬ 
llo, se quedaba con lo mejor de la ración picoteando 
el cogote de las gallinas. A un costado, las latas de 
aceite oficiando de maceteros de las más variadas 
plantas, delimitaban los canteros con durazneros, 



16 __ 

ScRgio Stip&nic 


naranjos, mandarinos, ciruelos. Todo ahí, en ese fon¬ 
do de la casa, estaba en orden. Doña Máxima se en¬ 
cargaba de que sucediese así. Pero la higuera era allí 
lo más importante para Daniel. Allí se subía, se sen¬ 
taba en una de las ramas y soñaba, hablaba con Dios 
y con su amor secreto. Su alma de niño se desnuda¬ 
ba encima de la higuera. Así pasaba todas las horas 
de las tardecitas de los fines de semana mientras los 
mayores dormían la siesta. Todo eso recordaba. Y 
más. El mediodía aquel en que su primer perro, el 
Ñato, se soltó de la cadena y salió disparado hacia la 
calle por entre las macetas de malvones. Pasaba un 
Ford que no pudo esquivarlo: murió a los pocos días. 
Desde entonces, no había querido tener más perros. 
El Ñato era su mejor amigo. 

El sol se ocultaba entre los árboles del Botáni¬ 
co. Daniel parece despertarse de los recuerdos y vuel¬ 
ve a su rutina. Camina lentamente. 



_ 17 

SAionUn 


5 


Lo conoció en el cabaret. Rodríguez Riet ve¬ 
nía de Tacuarembó. Era uno de los hacendados más 
ricos de la cofradía uruguaya. Con aire de ausente y 
con un tic que le hacía mover el hombro y la cabeza 
hacia un costado. No miraba nunca de frente. Orde¬ 
nó sin levantar la voz un escocés sin hielo. Invitó a 
Rosana a sentarse a su lado en los altos taburetes del 
mostrador. El dueño del Moulin, Juan Carlos, orde¬ 
nó susurrando que las chicas que atendían el mos¬ 
trador le prestaran toda la atención posible. “¿Otra 
vez por Montevideo, don Alberto? Está viniendo 
seguido últimamente”, le saludó con cortesía y algo 
de adulación. 

Rodríguez Riet asintió con la cabeza cerrando 
los ojos. “Negocios”, dijo luego de un momento de 
silencio. Rosana pensó que aquel hombre tan pode¬ 
roso podía ser suyo algún día. El único problema 
consistía en que era casado. Sabía, sin embargo, que 
su mujer, cansada del putañero, se había ido a vivir a 
París con sus dos hijas. Rodríguez Riet sorbió un 
trago de whisky. “Hace calor aquí”, murmuró. “Va¬ 
mos a acercarnos al ventilador”, le dijo a Rosana. Y 



18 __ 

SeRgio ScipAnic 


luego: “¿qué te tomas?”. Rosana pidió un gin tonic. 
“Me gustas porque sos calladita”, condnuó el ha¬ 
cendado. Y luego acercó su boca al oído de Rosana 
y le dijo despacito: “Hoy la paso contigo”. 



_19 

S\loníín 


6 


Estaban en la playa, tirados al sol de enero, 
con la resaca de la noche anterior. Era domingo. Juan 
Pedro vomitó en la arena. “Hay que hacer algo”, dijo 
después. Los dos habían cursado y dejado de con¬ 
currir al 1AVA, donde hacían preparatorios de ar¬ 
quitectura. Entraron después a la facultad pero se 
habían desilusionado. Sólo los entusiasmaban las cla¬ 
ses de Artucio sobre Historia del Arte. Artucio daba 
clases magistrales con su voz monótona pero de 
honda sabiduría sobre el arte. Hablaba del Giotto, 
de Modigliani, de Miguel Ángel. Pasaba del románi¬ 
co al gótico y de ahí al neoclasicismo. Todo el arte 
occidental se hacía ahí más simple, más comprensi¬ 
ble. “Tenemos que hacer algo” repetía Juan Pedro. 
“No podemos seguir así”. Fue así que a Daniel se le 
ocurrió decir que lo mejor sería ingresar en la Facul¬ 
tad de Humanidades. Convinieron que al otro día, 
lunes, irían a inscribirse. 




_21 

SMouíúi 


7 


La sonora apareció en el palco. De inmediato 
una música lenta, un bolero, ideal para bailar 
apretaditos. Juan Pedro tocaba la trompeta en la 
Cienfuegos. Poco sabía del instrumento, apenas unas 
clases esenciales, pero aparecía a ratos con dos o tres 
sonidos al unísono con otras dos trompetas del con¬ 
junto. Se destacaban varios instrumentos: el güiro, 
las pairas, las tumbadoras, el piano, el contrabajo, el 
saxo. Todo era ritmo del Caribe, propiamente cuba¬ 
no. Tomasito, el cantor, un rubio con grandes ante¬ 
ojos verdes, arrancaba ahora con una plena. El baile 
estaba en lo mejor de la noche. Daniel la vio recos¬ 
tada a la baranda de la escalera de mármol. Espera¬ 
ba que alguien la sacara a bailar. Se miraron. Daniel 
le hizo una seña con la cabeza y Rosana, sonriendo, 
se acercó a la pista. Con aire de triunfo Daniel la 
apretó contra su cuerpo y comenzó a girar con ella. 
Rosana se dejó llevar. Le encantaba el ritmo caribeño. 
Comenzaron a bailar suelto por el medio de la pista. 
La orquesta, luego de media hora de actuación, ter¬ 
minó finalmente. Ellos no habían conversado casi. 
Sus mentes y sus cuerpos se habían dejado llevar 



22 _ 

ScRgio Scip&nic 


por el misterio de la música. Luego de presentarse 
con sus nombres, Daniel invitó a Rosana a tomar 
una cerveza. Era febrero de carnaval y la noche de 
luna espléndida dejaba transpirar el tiempo cálido. 
Salieron al gran patio abierto del club. Allí se arri¬ 
maron al mostrador y Daniel pidió la bebida. Con¬ 
versaron de todo y entusiasmadamente. Daniel le 
confesó su condición de estudiante y ella ocultó su 
trabajo en el cabaret. Le mintió: “Trabajo de enfer¬ 
mera en el turno nocturno. Hoy tengo libre”. A la 
madrugada y después de seguir bailando desafora¬ 
damente, decidieron irse del club, tomar un taxi e ir 
a la rambla de Pocitos. Allí se besaron como dos 
animales heridos. Para Daniel esa fue una noche es¬ 
pecial. Sabía que esa muchacha iba a ser algo impor¬ 
tante en su vida. Ella estaba confusa. “¿Qué te pasa, 
Rosana, te estarás enamorando de vuelta?” 



_ 23 

SMonlíu 


8 


La rutina de Rosana. Ella saldría con un tipo 
como todas las noches de trabajo, se sacaría la ropa 
mecánicamente en la pieza del hotel y la colgaría so¬ 
bre una silla. A veces, algo de conversación previa, 
el tipo le contaría cosas de su vida que ella escucha¬ 
ba sin escuchar. Luego le diría: “Bueno, viejo, teso¬ 
ro, vamos a lo nuestro”. Allí se tiraría en la cama, 
semidesnuda, y dejaría que el tipo hiciera todo. Ella 
mirando el cielorraso de la pieza. Ella estaba en otro 
mundo. Pensaría quizás que tenía que comprarse 
ropa, que había que pagar la mensualidad de la pen¬ 
sión, que le diría a él que la llevara a cenar al 
“Aranjuez” donde pediría seguramente una paella. 
“Dale, amoroso, apúrate”. Tal vez mirara el reloj 
mientras el tipo sudaba y le succionaba los senos. 
Todas las noches, o casi todas, lo mismo. Ella estaba 
cansada ya de su trabajo. Pensaba que si algún tipo 
con dinero le ofreciera casamiento aceptaría gusto¬ 
sa. Pero había aparecido Daniel en su vida. ¿Qué 
sería de Daniel? Bueno, decía, igual podría encon¬ 
trarme con él. ¿Qué importaba soportar al tipo? Era 



24 _ 

ScRgio Scip&mc 


mejor la vida sin esa rutina de todas las noches. Ade¬ 
más, pasearía en auto, comería bien todos los días, 
tendría sirvienta, no estaría en una sucia pensión 
donde había que hacer cola para bañarse; quizás, vi¬ 
viría en un piso en Pocitos o en una soberbia casa en 
Carrasco. Rosana soñaba mientras el tipo ahora es¬ 
taba exhausto a su lado en la cama. Y seguía. Le di¬ 
ría al tipo que comprara una regia cama forrada en 
terciopelo rosado con capitoneado en el respaldo. 
Ella la había visto en una revista. “Bueno, tesorito, 
te fuiste todo”. “Es hora de vestirse y de irse de 
vuelta para el Moulin”. “Pagame ahora”, le decía al 
tipo mientras se vestía. “Quiero ir a cenar ahora”, 
“¿me invitás?” le susurró mientras el tipo, malhu¬ 
morado, sacaba la billetera del saco. 

“¿No quedaste conforme?, le preguntó. Y lue¬ 
go una mentira para quedar bien con el cliente: “He 
pasado muy bien en la cama contigo”. 



9 


Ese domingo estaba indicado para caminar. Un 
día de sol con una temperatura agradable aunque 
algo cálida. Daniel fue a buscarla a la pensión. Como 
siempre, Rosana estaba durmiendo. El encargado 
golpeó la puerta de su pieza. Daniel la esperó en el 
patio. Con cara somnolienta salió Rosana de la habi¬ 
tación. “Hola, Daniel, perdóname por haberte he¬ 
cho esperar”. Salieron apresuradamente. Al poco rato 
estaban en la escollera Sarandí. Daniel había llevado 
su cárama fotográfica. Pensó que Rosana era más 
linda de día, a plena luz del sol, que de noche. La 
hizo sentar en el hormigón de la escollera, de espal¬ 
das al puerto. Los pescadores miraban a Rosana que 
lucía esplendente con su minifalda y su camisa blan¬ 
ca y su pelo rubio. Daniel comenzó a disparar. El 
sol daba de frente y usó la mínima abertura de la 
Zenit. Al fondo, como lagartos quietos al sol, los 
barcos del puerto. Más allá, la sombra gris del Ce¬ 
rro. “Te voy a promocionar con estas fotos”, le gri¬ 
tó Daniel. Rosana se paraba, ensayaba varias poses, 
reía, se arreglaba el cabello. Era domingo. 



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Scrqio Scip&mc 


mejor la vida sin esa rutina de todas las noches. Ade¬ 
más, pasearía en auto, comería bien todos los días, 
tendría sirvienta, no estaría en una sucia pensión 
donde había que hacer cola para bañarse; quizás, vi¬ 
viría en un piso en Pocitos o en una soberbia casa en 
Carrasco. Rosana soñaba mientras el dpo ahora es¬ 
taba exhausto a su lado en la cama. Y seguía. Le di¬ 
ría al tipo que comprara una regia cama forrada en 
terciopelo rosado con capitoneado en el respaldo. 
Ella la había visto en una revista. “Bueno, tesorito, 
te fuiste todo”. “Es hora de vestirse y de irse de 
vuelta para el Moulin”. “Pagame ahora”, le decía al 
dpo mientras se vestía. “Quiero ir a cenar ahora”, 
“¿me invitás?” le susurró mientras el tipo, malhu¬ 
morado, sacaba la billetera del saco. 

“¿No quedaste conforme?, le preguntó. Y lue¬ 
go una mendra para quedar bien con el cliente: “He 
pasado muy bien en la cama condgo”. 



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SMonlin 


9 


Ese domingo estaba indicado para caminar. Un 
día de sol con una temperatura agradable aunque 
algo cálida. Daniel fue a buscarla a la pensión. Como 
siempre, Rosana estaba durmiendo. El encargado 
golpeó la puerta de su pieza. Daniel la esperó en el 
patio. Con cara somnolienta salió Rosana de la habi¬ 
tación. “Hola, Daniel, perdóname por haberte he¬ 
cho esperar”. Salieron apresuradamente. Al poco rato 
estaban en la escollera Sarandí. Daniel había llevado 
su cárama fotográfica. Pensó que Rosana era más 
linda de día, a plena luz del sol, que de noche. La 
hizo sentar en el hormigón de la escollera, de espal¬ 
das al puerto. Los pescadores miraban a Rosana que 
lucía esplendente con su minifalda y su camisa blan¬ 
ca y su pelo rubio. Daniel comenzó a disparar. El 
sol daba de frente y usó la mínima abertura de la 
Zenit. Al fondo, como lagartos quietos al sol, los 
barcos del puerto. Más allá, la sombra gris del Ce¬ 
rro. “Te voy a promocionar con estas fotos”, le gri¬ 
tó Daniel. Rosana se paraba, ensayaba varias poses, 
reía, se arreglaba el cabello. Era domingo. 



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ScRgio Stip&nic 


Ese día Rosana se lo dedicaba entero a Daniel. 
Las lisas saltaban en el agua riéndose de los pesca¬ 
dores. El agua estaba quietecita del lado derecho de 
la escollera y algo revuelta del lado izquierdo. Pasó 
un vendedor de maníes y Daniel compró un cucuru¬ 
cho de papel de diario. Se fueron de la escollera abra¬ 
zados y besándose, al dempo que rompían las cás¬ 
caras de los maníes. Ese domingo terminaron en el 
bodegón del puerto “El Rincón del Gato” comien¬ 
do pescado frito y tomando vino tinto. 



_ 27 

SAioulin 


10 


Jamás escucharán un piano tan bien tocado 
como ese piano blanco del cabaret Moulin. Ese que 
ven ahí, sentado frente al teclado, es Mencho. Sabe 
arrancar los más lánguidos y tristes sonidos al viejo 
instrumento. Nadie puede olvidar sus blues. Con un 
cigarrillo en la boca, un cenicero al costado lleno de 
puchos y cenizas, un vaso de whisky sucio, Mencho, 
con su cuerpo chiquito y flacucho, sus grandes ga¬ 
fas de carey, su pelo desordenado y su camisa sudo¬ 
rosa se sienta todas las noches frente al añejo piano 
blanco y conversa con él. Sólo la música. Lo demás 
no existe para Mencho. A veces un cliente borracho 
se le arrima y le llena el vaso de whisky. A veces 
surge un aplauso desde las mesas del cabaret. A ve¬ 
ces una de las mujeres le hace al oído un pedido 
especial y le coloca un cigarrillo en la boca. Mencho 
es taciturno, casi no habla, se expresa con gestos y 
su cara amarilla por la noche, el humo y la falta de 
sol, casi no se inmuta. Pero habla por las manos. De 
sus dedos salen “Let it be”, “Serenata a la luz de la 
luna”, “Té para dos”, “Candilejas”, “Te guardaré en 
mi corazón”, “Blue moon”, “Yesterday”, algún tan- 



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ScRgio Scip&nic 


go, algún bolero, y el jazz, siempre el jazz más caver¬ 
noso. 



_ 29 

¿Aionlín 


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Volvieron a salir juntos una, dos, tres, cuatro 
veces. Rosana siempre ocultando su trabajo en el 
cabaret Moulin. Daniel notaba algo extraño en la 
actitud de ella de negarse a hablar de su trabajo noc¬ 
turno supuestamente en el sanatorio. A Rosana le 
encantaba ir a mirar vidrieras por 18. Se detenía par¬ 
ticularmente en una juguetería que había en una ga¬ 
lería. Allí apoyaba la nariz en el gran vidrio del local 
y señalaba a Daniel con el índice una muñeca rubia 
de ojos verdes al tiempo que le decía: “Yo quiero 
ésa. Se llamará Eloísa. ¿Me la vas a regalar algún día?” 
Daniel sonreía y le pasaba el brazo por la cintura al 
tiempo que le ordenaba: “Bueno, ya está bien por 
hoy. Decile adiós a Eloísa y vámonos”. Terminaban 
siempre en el Parque Rodó donde Rosana se enlo¬ 
quecía por subir al Tren Fantasma. “Parece una niña 
recién salida de la escuela”, pensaba Daniel. Luego 
se iban caminando con un paquete de churros en la 
mano hacia Bulevar Artigas y caminaban hasta lle¬ 
gar a la puerta del sanatorio donde ella lo despedía 
con un beso, esperaba en el ascensor para asegurar- 



30 _ 

ScRgio ScipAmc 


se de que Daniel se hubiera ido y salía del sanatorio 
triste, rumbo al cabaret. 

Pero hubo una quinta vez. Ahora Rosana esta¬ 
ba decidida a decirle la verdad. No fueron al Parque 
Rodó ni a mirar vidrieras. Fueron a tomar un café al 
Expreso Pocitos. Allí, a la hora consabida, Rosana 
le apretó la mano y le dijo: “Daniel, hoy vas a cono¬ 
cer mi verdadero trabajo. No te asustes. Después 
charlaremos”. Daniel se sorprendió. Tomaron un 
taxi, esta vez por orden de ella, hacia la Ciudad Vie¬ 
ja, a la esquina de los juegos prohibidos. 



__ 31 

SMoníúi 


12 


Enfiló sus pasos hacia el Bajo. Hubiera queri¬ 
do emborracharse hasta morir. Hubiera querido in¬ 
cluso matar. Lloviznaba. Las mujeres siempre dan 
sorpresas, pensaba, pero esto no me lo esperaba. 
Bueno, Daniel, metido con una prostituta, una puta. 
Entró al bar. Pidió una grapa con limón. Luego otra. 
Y otra. “Así brindan los rusos” y tiró la copa hacia 
atrás, al suelo. El dueño del bar se negó a servirle 
otra copa. “Te daría un diez por romperte la cara”, 
dijo Daniel. 

Un parroquiano tan borracho como él se le 
acercó en tono amenazante. Daniel se apoyó en el 
mostrador con la espalda y se lanzó hacia el otro. 
Golpes de puño. Daniel al suelo. Llega la policía. 
Esa noche durmió en la seccional. 




_ 33 

SAAonítn 


13 


Daniel y Juan Pedro comenzaron los cursos 
de Humanidades. Estaban muy contentos. “Por fin, 
volver a estudiar”, decía Juan Pedro. 

Un día notó que Daniel estaba taciturno. “¿Qué 
te pasa? Habíame. Vos ocultás algo”. Daniel le con¬ 
fesó todo lo sucedido con Rosana. “¿Y a vos te im¬ 
porta esa chica? Entonces acéptala como es”, le dijo 
finalmente Juan Pedro. “Mirá, yo también ando en 
problemas con Ana”, siguió. Convinieron que lo 
mejor era concentrarse en el estudio y olvidar pasa¬ 
jeramente a las mujeres. 




_ 35 

¿Moulin 



La cita era a las ocho de la noche en la expla¬ 
nada de la Universidad. Los estudiantes se concen¬ 
traron ya desde las siete. La manifestación iría por 
todo 18 de Julio hasta llegar a la plaza Cagancha. 
Dentro de la Universidad había reuniones y aren¬ 
gas. Juan Pedro estaba allí acompañado por Ana. Los 
estudiantes se veían nerviosos. Juan Pedro sonreía. 
Ana se reunía con un pequeño grupo de compañe¬ 
ros de Magisterio. La salida fue puntual. Encabeza¬ 
ban la manifestación, tomados por los brazos, los 
dirigentes estudiantiles. También había algunos pro¬ 
fesores. Se caminaba tensamente y coreando con¬ 
signas y cánticos. Algún grito de ¡Viva la libertad! y 
¡Abajo el gobierno! Juan Pedro estaba eufórico, exal¬ 
tado. Todo parecía tranquilo. De pronto, a la altura 
de Ejido, un cordón policial cerrando el paso por la 
avenida. La manifestación, sin embargo, no se detu¬ 
vo, siguió su marcha. Expectativa. Gritos: ¡Milicos 
asesinos! Faltaban dos cuadras para llegar a Ejido. 
De los costados de las calles laterales aparecieron 
vehículos policiales. Los gases lacrimógenos estalla¬ 
ban por todos lados. Corridas, dispersión, miedo. 



36_ 

ScRgio Sópame 


Siguieron balazos. Algunos estudiantes caían heridos. 
Otros se refugiaban en los bares y comercios céntri¬ 
cos. Corridas, corridas. Pánico. 

Juan Pedro tomó a Ana de un brazo y la metió 
en el Facal. Los carros lanzaagua de la policía 
irrumpieron en 18. Espanto. Algunos estudiantes 
tiraban piedras a los policías que reprimían, mache¬ 
te en mano. Varios detenidos. En el Falcal cerraron 
las puertas. Juan Pedro y Ana miraban por los am¬ 
plios ventanales del café. De pronto, silencio. Un 
gran silencio sólo interrumpido por alguna sirena. 
18 de Julio había quedado desierta. 

La noche seguía en Montevideo, con final tris¬ 
te y repetido. 



_ 37 

S'Monlín 


15 


Rosana dejó de ir por unos días al cabaret. 
Pensó mil veces en llamar por teléfono a Daniel pero 
se contuvo. Mejor así, pensó. ¿Qué futuro le podría 
dar yo como mujer?, se decía. 

Daniel trataba, sin éxito, de olvidarla. Hacía 
vida metódica: de la facultad a su casa y de su casa, a 
veces, al boliche de Manolo; y de allí a su casa otra 
vez, a mirar televisión hasta la madrugada. Hasta que 
llegó el domingo. Con el pretexto de pedir más ex¬ 
plicaciones pensó en ir a la pensión donde vivía 
Rosana. Necesitaba hablar con ella, pero más que 
nada necesitaba verla, tenerla a su lado, oler el per¬ 
fume de su piel. 

Esa vez no necesitó esperarla. Los dos se en¬ 
contraron en el pasillo y se dieron un fuerte y largo 
abrazo. “Yo también te extrañé mucho”. Estuvie¬ 
ron mirándose sin decir palabra. Finalmente fueron 
a tomar un café al Lusitano. No se prometieron nada 
de futuro, tomados de las manos, fuertemente, rién¬ 
dose, mirándose a los ojos. Siguieron simplemente 
juntos. 




_ 39 

SAAonlin 


16 


La limusina presidencial se detuvo frente al 
Moulin. Detrás de ésta también paró un Volkswagen 
amarillo con tres ocupantes que llevaban metralle¬ 
tas. El portero con su impecable uniforme azul y su 
gorra de visera corrió solicito a abrir la puerta trase¬ 
ra de la limusina. “Buenas noches, señor Presiden¬ 
te”, le dijo al tiempo que le hacía una extraña reve¬ 
rencia. El Presidente ni siquiera lo miró. Bajó ner¬ 
vioso mirando para ambos lados de la calle. Esta, a 
esa hora de la madrugada, estaba desierta. Se tran¬ 
quilizó. Acomodó el saco y la corbata y entró al ca¬ 
baret. Adentro todo era algarabía. Al verlo llegar 
hubo un espontáneo aplauso. “Bienvenido, maris¬ 
cal. Te estaba esperando”, le sonrió Rodríguez Riet. 
“¿Cómo fue hoy la cosa con los tupamaros?” Se 
abrazaron. Eran viejos amigos, se habían conocido 
años atrás en la redacción de El Día. Ya estaba ser¬ 
vido en el mostrador el Chivas. El Presidente buscó 
con la mirada, entre las mujeres, a la Porteña. Esta 
se acercó; sus labios se apoyaron sobre la mejilla del 
personaje en un prolongado beso. La Porteña era la 
favorita del Presidente. Alta, morocha, con amplias 



40 _ 

ScRgio Stip&nic 


caderas y unos senos robustos, la Porteña le había 
caído en gracia; más de una vez el mandatario la ha¬ 
bía invitado a las fiestas que organizaba en la resi¬ 
dencia de Suárez y Reyes. El Presidente tomó del 
mostrador el vaso repleto de whisky y se dirigió al 
piano donde ejecutaba Mencho. Se agachó lentamen¬ 
te y susurró algo en el oído del pianista. Al instante 
Mencho arrancó con un tango: “Muñeca brava”. Se 
hizo un silencio en el cabaret. Todo el mundo aten¬ 
to. Tomó de la cintura a la Porteña y salieron a bailar 
los dos. Los demás comenzaron a aplaudir. El Pre¬ 
sidente bailando un tango en el cabaret Moulin. 

Nadie al otro día publicó la noticia. Allí no 
entraban fotógrafos ni periodistas, ni entrometidos. 
El Presidente podía estar tranquilo. Además, en la 
prensa, había censura previa. 



_ 41 

•í Vlo/tíin 


17 


Salieron los cuatro juntos ese sábado. Fueron 
a caminar por 18. La noche era fría y ventosa. A 
Juan Pedro se le ocurrió ir al cine. Luego de un rato 
de propuestas se aceptó la idea de Ana de ir a ver 
“Z”. Entraron al Rex. Al final de la película aplau¬ 
dieron. Salieron del cine comentando lo visto. Rosana 
permanecía callada. Juan Pedro era el más eufórico: 
“¡Qué película, qué película!” Daniel comentaba la 
excelente actuación de Ives Montand. “Lástima que 
lo mataron” comentó entonces Rosana. Ana dijo que 
ese final era lo más hermoso que podía pasar. Deci¬ 
dieron ir finalmente a la churrería de la calle Ejido 
para tomar chocolate con churros. Rosana faltó al 
cabaret y Juan Pedro se fue porque tenía actuación 
con la sonora Cienfuegos. Daniel, Rosana y Ana se 
dirigieron entonces al apartamento de esta última 
en Pocitos. Allí terminaron la noche de ese sábado. 




_ 43 

¿\4oult'n 


18 


Salió apresuradamente de su apartamento. La 
Por teña había recibido una llamada telefónica de El 
Viejo diciéndole que la esperaba urgentemente en el 
lugar de siempre. La Porteña llegó por fin al Cabil¬ 
do. Allí la esperaba El Viejo. Sólo eso conocía de él, 
que lo llamaban así. Lo demás era que El Viejo era 
un dirigente tupamaro. “Hola piba. ¿Te desperté?”, 
saludó El Viejo. La Porteña lo abrazó y le lanzó la 
pregunta: “¿Cómo andan las cosas, hermanito?” El 
Viejo se rascó la barbilla con la mano derecha y le 
contestó: “Yo diría que más o menos. Están dando 
duro. Pero vos debés saber más que yo al lado del 
tipo. Para eso te llamé”. Nerviosa, la Porteña se ase¬ 
guró que no hubiese nadie alrededor y le informó: 
“El tipo quiere implantar el Estado de Sitio. Andan 
en eso. Rodríguez Riet me lo confesó”. El Viejo alzó 
algo la voz: “La mierda, esto se pone jodido”. “Bue¬ 
no, amigo, compañero, es momento de irse”. El Viejo 
se quedó mirando a la Porteña. Pensó que era una 
linda mujer. La Porteña lo abrazó nuevamente y se 
despidió con un beso al tiempo que le susurró: 
“Cuidare”. 




_ 45 

SMonlúi 


19 


La idea partió del padre: “Daniel, hay un con¬ 
curso en el banco, ¿por qué no te presentás?” Con¬ 
vinieron en que Daniel estudiaría los asientos y el 
balance con él. El padre era gerente de una sucursal 
bancaria del República. El resto era que practicara 
mecanografía con la vieja Remington. Estudió dos 
semanas y llegó el día de la prueba. No estaba muy 
seguro con la máquina de escribir. Era lento y escri¬ 
bía con sólo dos dedos. Rosana lo acompañó esa 
mañana a Cerrito y Misiones. “Andá tranquilo que 
vos podés”, le decía, mientras le pasaba la mano por 
la espalda. Se presentaron veintidós jóvenes aspiran¬ 
tes. El balance le salió de un tirón pero vio cómo lo 
superaban los demás en la máquina de escribir. Los 
resultados estarían dentro de tres días. No quedó 
conforme. Pensó que no llegaría al puntaje. Pasados 
los tres días se presentó en el Banco República a 
buscar el resultado. Allí lo atendió un hombre cano¬ 
so que le preguntó su nombre. “Daniel Puyol, Da¬ 
niel Puyol”, mientras buscaba la prueba. “¿Usted es 
hijo de Américo Puyol?”, le preguntó. “Sí”, contes¬ 
tó Daniel. “Mirá pibe, esta prueba es un desastre, así 



48_ 

ScRgio SripAnic 


voltosos. Gritaban consignas contra el gobierno al 
tiempo que enarbolaban banderas cubanas y vietna¬ 
mitas. Apuntó al bulto. Disparó. Gritos, imprope¬ 
rios... Los perdigones habían dado en el pecho de 
un estudiante avanzado de Derecho. Un nuevo már¬ 
tir estudiantil había en el país. 



_ 49 

S\ionllH 


21 


Los viernes en el Moulin eran dedicados al tan¬ 
go. Allí estaba el piano de Mencho, el bandoneón de 
Tito Reyes y la voz de Luciano Rossano, un viejo 
cultor del dos por cuatro que había cantado con la 
orquesta de Racciatti y que ahora estaba de vuelta. 
Pero de su voz aguardentosa y alcohólica surgían 
milongas y tangos imborrables. Saco blanco, panta¬ 
lón negro y camisa roja, Luciano Rossano era atrac¬ 
ción segura en los viernes del cabaret. Podía ser “Los 
mareados” o “Mano a mano” o “Por seguidora y 
por fiel” o “Ventarrón”. Pero el tema musical más 
requerido por los habitués al finalizar la velada y que 
Luciano Rossano interpretaba como ninguno, era 
“Trapo viejo”. Siempre salía la voz de alguna de las 
muchachas que trabajaban en el cabaret pidiéndole 
“¡Luciano, Trapo viejo!” El veterano cantor se son¬ 
reía y el bandoneonista arrancaba con los acordes 
del tango pedido. Una verdadera ovación coronaba 
la actuación del intérprete. 




22 


Como todas las mañanas en que el tiempo per¬ 
mitía remar, Juan Pedro se dirigió muy tempranito 
al Rowing. Pero ese día había en el puerto una movi¬ 
lización especial. Cerca del embarcadero del club, 
sobre el muelle principal, infinidad de hombres, 
mujeres y niños poblaban el muelle. Un barco blan¬ 
co, con bandera australiana, se destacaba allí, ancla¬ 
do. Juan Pedro remó hacia el lugar. Gritos, llantos. 
Sobre la baranda del buque cientos de pasajeros 
miraban y saludaban y gritaban a los que miraban 
desde el muelle. Más de ochocientos uruguayos se 
iban a buscar nuevos horizontes en Australia. La 
emigración era cosa corriente en esos días. La gente 
no soportaba más la situación económica y política 
que se vivía. Juan Pedro reflexionó: “qué sangría, 
dios mío”. 

Estuvo largo rato cerca del enorme barco blan¬ 
co. Luego se alejó, triste. 




_ 53 

S/\[onlíu 


23 


Rosana lo vio llegar y pensó que ese tipo iba a 
traer problemas. Miró su forma de caminar, su ca¬ 
misa floreada, su gran tatuaje en el pecho descubier¬ 
to, su manera de hablarle a las camareras del mos¬ 
trador. Era nuevo en el rodeo, un nuevo que con su 
sonrisita cínica y su diente reluciente de oro iba a 
traer problemas, siguió pensando Rosana. El recién 
llegado pidió un Ballantines y se hizo traer a la mesa 
dos mujeres. “A mí me conocen todos por El Torito”, 
les dijo. “Me gustan las mujeres que no piden mu¬ 
cho ni discuten”. Al rato hizo callar el piano de 
Mencho. Alegó que le molestaba “la porquería que 
tocaba”. Bebió un sorbo del whisky y pidió una bo¬ 
tella de champagne. “Del francés, no me traigan nada 
berreta. Tengo plata”. De pronto Rosana observó 
que los ojos del tipo estaban fijos en ella. Sintió que 
preguntaba averiguando su nombre a una de las 
muchachas de la mesa. Al rato llamó a una camarera 
y le hizo alcanzar la copa de champagne a Rosana. 
Esta recibió el envío y ni siquiera miró al hombre. 
Tiró la copa al suelo que cayó hecha añicos. “No me 



54 _ 

Scrt.g\o Scip&nic 


gusta ese tipo”, le confesó a Karina, una de las mu¬ 
chachas que trabajaban como ella en el Moulin. El 
Torito se ofendió. Se levantó de la mesa y caminó 
hacia ella. “A mí me gustan las mujeres difíciles, no 
las fáciles”. Rosana lo paró: “Yo con usted no quie¬ 
ro saber nada, nada que ver”. El Torito se dio media 
vuelta y caminó hacia su mesa murmurando: “Ya te 
vas a arrepentir. Ya vas a saber quién es El Torito”. 



24 


Ana y Juan Pedro discuderon. Esta vez era 
definitivo. 

Juan Pedro estaba algo bebido. Luego de 
gritarse mutuamente se agredieron de manos. Esta 
vez no había solución posible al desencuentro que 
se venía gestando desde hacía tiempo atrás. Ana lo 
echó del apartamento. Juan Pedro se enfundó en el 
gabán, se puso la bufanda y salió apresuradamente 
hacia el ascensor. En la calle, desconcertado, no sa¬ 
bía a dónde ir. Pensó en llamar a Daniel al banco. 
Pero luego desistió de la idea. Entonces fue para su 
casa. Vivía con sus padres. Alienado, pensó en una 
decisión extrema. Revolvió el cajón donde sabía que 
su padre guardaba un arma. La enfundó en el bolsi¬ 
llo de su gabán y salió nuevamente a la calle. Estuvo 
caminando sin rumbo por el Parque Badle y a la al¬ 
tura del Obelisco tomó por Bulevar Artigas hacia el 
mar. Su mirada era una nebulosa. En un teléfono 
público llamó a su madre. Sin saber ésta, se estaba 
despidiendo de ella. Preocupada, le preguntó: 
“¿Dónde estás?” El cortó. Luego siguió caminando 
por Bulevar Artigas. Llegó a las cinco de la tarde al 



56 _ 

ScRgio Scip&nic 


campo de golf. Entró. Se sentó al lado de un árbol. 
Allí vio cómo el sol perdía fuerza y se ocultaba. A la 
noche sonó un balazo. Mientras tanto, avisados de 
que algo raro estaba pasando a Juan Pedro y al ha¬ 
ber descubierto que la pistola no estaba en su sitio, 
los padres llamaron a Daniel. Éste lo buscó deses¬ 
peradamente por toda la ciudad. Por fin, a la maña¬ 
na siguiente, la policía lo encontró ya sin vida tirado 
sobre el césped del campo de golf. 

Ese fue el fin de Juan Pedro. 



25 


El cabaret está esa noche en pleno auge. De 
pronto aparecen dos hombres, muy bien vestidos, 
traje y corbata, y piden para hablar con el propieta¬ 
rio del local. Allí los atiende Juan Carlos. Los hom¬ 
bres hablan muy bajo con el dueño del Moulin. “No 
puede ser, debe haber un error, ella es amiga del 
Presidente”, se le oyó decir nervioso. Después, se¬ 
ñala al grupo de tres mujeres que había en un costa¬ 
do del mostrador. Uno de los hombres se da vuelta 
y dice presuroso: “Es ella, es ella”. Prestamente se 
dirigen al grupo y encaran a la Porteña. Uno de ellos 
muestra un carné al tiempo que le dice: “Luisa 
Parietti, está detenida”. Asombro en las mujeres y 
titubeo de la Porteña. Uno de los hombres la toma 
de un brazo y la hace caminar hacia la escalera de 
salida. Rosana grita: “¡Qué pasa, qué pasa!” Apresu¬ 
radamente los hombres empujan a la Porteña hacia 
la salida. Una de las muchachas comenta a Rosana: 
“Son de la policía. Se la llevan presa”. “Debe haber 
un error”, grita Rosana. Los hombres con la Porte¬ 
ña ya en la calle, la introducen en un Volkswagen 
amarillo y salen presurosos en dirección a la Jefatu¬ 
ra. 




_ 59 

SMohÍíh 


26 


No había consuelo para Daniel. Pensó en diri¬ 
girse al apartamento de Ana pero se contuvo. Tenía 
miedo de no controlar su agresividad hacia ella. 
Rosana lo invitó con un café. “¿Por qué me hiciste 
eso?”, sollozaba. Abrazó a Rosana. “Juanpe era bue¬ 
no, buenísimo, sólo se hizo daño a él mismo”, se¬ 
guía. “Él no quería morir así, estoy seguro, en la 
noche. Él quería morir de día, de cara al sol”. Daniel 
pasó sus manos sobre su rostro. A las tres de la tar¬ 
de partió el cortejo fúnebre hacia el cementerio del 
Buceo. Muchos amigos lo acompañaron. 




_61 

SVlonlin 


27 


La Porteña estaba incomunicada en el cuarto 
piso de Jefatura. Rodríguez Riet fue a verla y logró 
hablar con ella. “Qué sorpresa, Luisa, nunca me 
imaginé que estuvieras vinculada a los tupas”. La 
Porteña se encogió de hombros. “Son ideas”, con¬ 
testó. “Pero nunca debiste vincularte a esos crimi¬ 
nales”, replicó enseguida Rodríguez Riet. “Ese es tu 
punto de vista, yo tengo el mío sobre muertes”, con¬ 
testó la Porteña. “No puedo seguir más tiempo con¬ 
tigo. Apenas me dejaron verte” siguió el hacendado. 
“¿Precisas algo, puedo hacer algo por vos?”, le pre¬ 
guntó. “No... no... paciencia. Sólo tengo que agrade¬ 
certe que estés aquí. Sos muy buen tipo”. El calabo¬ 
zo volvió a cerrarse. Rodríguez Riet dio media vuel¬ 
ta y le dijo despacito al comisario Ottado: “Es una 
pobre piba. No la maltraten”. 




28 


Esa noche Daniel la acompañó hasta la puerta 
del Moulin. Siempre se había negado a ello. Pero esa 
noche la acompañó. 

Rosana estaba alegre, de buen ánimo. Ultima¬ 
mente se le hacía difícil ir a trabajar al cabaret. Intuía 
que iba a ser por poco tiempo más. Algo ya habían 
hablado. Daniel saludó al portero y luego de besarla 
siguió caminando por la calle. Ella bajó las escaleras. 
Pero tuvo la sensación de que alguien, una sombra, 
la seguía. “Imaginación”, pensó. Entró al local y sa¬ 
ludó a sus compañeras. De pronto, detrás de ella se 
aparece El Torito. La toma del brazo al tiempo que 
la interpela: “Así que tenés un gigoló”. Rosana pro¬ 
curó zafarse del hombre. “No me moleste más. Yo 
ya le dije que entre usted y yo no podrá haber nunca 
nada”. El Torito refunfuñó. “Nadie, ninguna mujer, 
desprecia al hombre que soy yo”. Y sacando una 
sevillana le grita: “Llevarás por siempre el recuerdo 
de El Torito. Ahora sabrás quién es Cipriano Cas¬ 
tro”. Gritos en el cabaret. Rosana es atendida por 
las muchachas y Rodríguez Riet que corrió rápida¬ 
mente poniéndole un pañuelo en la herida. La san- 



64 _ 

ScRgio Scip&nic 


gre seguía corriendo por el rostro de Rosana. Deci¬ 
dieron llevarla a la urgencia del Hospital de Clínicas. 
Allí le suturaron la herida pero el médico le advirtió: 
“Lamentablemente quedarás con una marca en la 
cara”. 

Rosana llevaría desde entonces una rosada ci¬ 
catriz. 



_ 65 

SWo.ulíM 


29 


Un tiempo después se produjo lo esperado: el 
test había dado positivo. Rosana fue a la consulta 
del ginecólogo. Daniel la esperaba fuera del consul¬ 
torio. Fumaba un Richmond tras otro. Finalmente 
salió Rosana, sonriente. “¡Vas a ser papá!”, le gritó. 
Se abrazaron por un eterno rato. Daniel entonces le 
dijo: “Rosana, vámonos de este país de mierda. Ten¬ 
dremos nuestro hijo en Buenos Aires”. Rosana se 
puso seria. “De ninguna manera. Aquí nacerá tu 
hijo”. Sonó como autorizada sentencia. Entonces 
Daniel asintió: “Bien, aquí nos quedaremos. Aquí 
nacerá nuestro hijo”. Se dirigieron al cementerio del 
Buceo. Allí habló Daniel: “Juanpe, mi hijo llevará tu 
nombre”. Rosana depositó sobre la tumba del ami¬ 
go una rosa roja. “Chau, Juanpe, hasta luego”. Y se 
fueron al caer la tarde hacia 18. Allí Rosana le pidió 
a Daniel que le comprara la muñeca. “Por si es mu¬ 
jer”. 




30 


El Moulin había decaído. Ya no lo frecuentaba 
tanto Rodríguez Riet, y si bien las muchachas parti¬ 
cipaban del jolgorio nocturno con sus sonrisas y sus 
poses, se observaba cierta tristeza. Rosana hacía tiem¬ 
po que había dejado de ir. Esa noche decidió que 
quería despedirse de sus ex compañeros. Era vier¬ 
nes. Estaba Luciano Rossano y cuando la vio llegar 
le pidió a Mencho y a Tito Reyes unos acordes. De 
inmediato se puso a cantar en homenaje a la mucha¬ 
cha “Por seguidora y por fiel”. Rosana lloró. 

El Moulin seguía en la misma esquina con sus 
noches de bohemia y de alcohol, de lujuria y de mis¬ 


terio. 




romanza 




_ 71 

¿VLjitliii 


Se diría que iba derechito a la muerte cuando 
decidió aquella tarde ir a verla. Pero también podría 
pensarse que no quería morir ese día de noviembre 
cuyo sol centelleante como una brasa lo miraba ca¬ 
minar por la vereda de la Calle de los Sueños Perdi¬ 
dos y la sombra de los paraísos le frotaba sus zapa¬ 
tos mientras los viejos parroquianos del boliche, al 
descubrir su estampa de último compadrito o de 
malevo imposible, abandonaban las mesas con las 
cazuelas de mondongo y el vino tinto y se asoma¬ 
ban para verlo pasar y para luego comentar sus leja¬ 
nas hazañas de milonguero, de tahúr, de cantor frus¬ 
trado por una voz alcohólica, de guapo capaz de ju¬ 
garse entero por una mujer sometida a su robusta 
presencia de macho mientras el marido trabajaba en 
la oficina. 


Él no era un héroe. No lo había sido nunca. Y 
creo que jamás había pensado en serlo. Había vola¬ 
do siempre como un pájaro libre. Pero en la ciudad 
se había divulgado la noticia de que se había 
involucrado en los setenta con la Resistencia en Bue¬ 
nos Aires, que se había reído en la cara del mismísimo 
Almirante cuando trabajaba, por las madrugadas, en 



72 _ 

Scugio Stip&mc 


un diario de éste e imprimía en forma tan solapada 
como clandestina hojas con informes sobre los crí¬ 
menes de la dictadura. 

Es así que sus amigos comenzaron a admirar 
su coraje y astucia e irónicamente (y conspirati- 
vamente) cuando se referían a él, le decían El Ma¬ 
són. Y Mareco, orgulloso por haberlo descubierto 
tiempo atrás en un asado en San Isidro, murmura¬ 
ba: “Voy a mil a las patas de este caballo”. Recuerdo 
que entonces fue el mismo Mareco quien, por razo¬ 
nes de protección ante una inevitable y posible hui¬ 
da de la Argentina cuando fuera detectado y perse¬ 
guido, le consiguió un pasaporte falso con el nom¬ 
bre de Carlos Sarzábal, nacionalidad española. Así 
pues, nació Carlos para todos, nombre clandestino, 
Carlos como un ángel travieso y cínico, como un 
trapecista sin red que se arriesgaba para sentir el 
halago de un aplauso, com un niño tierno y solida-" 
rio. Así él comenzó a viajar llevando informes a 
México, París, Madrid. Así nació Carlos para siem¬ 
pre o para nunca. Así nació la leyenda de El Masón, 
la leyenda de este milonguero tardío, de este 
convocador de cosas viejas, de este compadrito des¬ 
prevenido al nuevo siglo. Leyenda por suerte para él 
ya olvidada y sólo atizada por los consecuentes pa¬ 
rroquianos de los bares, por los artistas que lo co¬ 
nocieron, por las prostitutas que soñaron con él, por 
algunos periodistas melancólicos y borrachos y por 
ciertos escritores que lo usaron como fuente de ins¬ 
piración para producir ficciones de época. 



_ 73 

SAAoultn 


Pero esa tarde se diría que él no quiso ser de¬ 
rrotado: se vistió con su mejor traje, se anudó su 
más luciente corbata, perfumó su pañuelo con unas 
gotas de Bambino Caro que había traído años atrás 
de Europa... Y por cábala, metió en su bolsillo una 
ramita de ruda y colocó en su muñeca izquierda un 
viejo Longines, herencia de un tío solterón. 

Así, de esa forma, estuvo presente en aquella 
esquina unos minutos antes de las trece, hora en que, 
exactamente, ella descendió del remise, hermosa, 
sonriente, ufana, vanidosa. Se podría decir que al 
verlo pensó que lo conocía desde mucho tiempo 
atrás, en el borroso recuerdo de los años liceales en 
que él corría en la pista de atletismo, o tal vez de los 
bailes del Parque Hotel cuando tocaban los Hot 
Blowers o quizás de las caminatas por la orilla de la 
Playa Verde en el verano. Aunque después revisó su 
rostro pretendiendo ubicarlo en las clases de inglés 
del Anglo. O también podría pensarse que ella nun¬ 
ca había visto a ese hombre, que nunca se habían 
cruzado a la salida del cine Plaza, ni en París, ni en la 
panadería de su barrio, ni en la rambla, ni en ningún 
teatro, ni en ninguna calle. Pero otra vez la duda. Y 
entonces ella recordó aquel cumpleaños en La 
Liguria (¿fue en el sesenta y uno?) y volvió a creer 
que sí, que él era aquel muchacho que la persiguió 
toda la noche y terminó besándole la mano ante la 
risa de sus amigas. 

Tal vez podría asegurarse eso ya que ella no se 
sorprendió al verlo y sabía que algún día la iba a es- 



74 _ 

ScRgio Srip&nic 


perar allí, en esa esquina, tieso y marcial, con su me¬ 
jor traje y su reluciente corbata de seda, con el pañue¬ 
lo embebido en perfume y una rosa amarilla en la 
mano. 


Sólo ellos saben lo que pasó después. Dicen 
que se miraron a los ojos, que se sonrieron, que él 
entregó la flor con un gesto austero, fruto de su ru¬ 
deza masculina. Dicen que ella, entonces, le acarició 
la mano. Dicen que luego se abrazaron y bailaron 
un vals (un, dos, tres, un, dos, tres). Dicen tantas 
cosas... Creo que lo único cierto es que allí, en esa 
esquina de la Calle de los Sueños Perdidos, los dos 
encontraron tardíamente el amor y murieron un 
poco, como se muere cada vez que se ama verdade¬ 
ramente. 


Acaso se dice que se conocieron por los años 
sesenta. Él estudiaba arquitectura junto á un herma¬ 
no de ella. La tarde del primer encuentro mientras 
estudiaba con el hermano, él quiso escucharla to¬ 
cando el piano. Ella tocó entonces todo su reperto¬ 
rio: “Para Elisa” de Beethoven, el vals “Cuentos de 
los bosques de Viena” de Strauss, “La catedral su¬ 
mergida” de Debussy; y mientras estaba ejecutando 
una romanza, él se le acercó por la espalda y le pasó 
los brazos por encima del hombro. Ella dejó auto- 



_ 75 

¿VL'hÍ/h 


míticamente suspendida la ejecución del piano y se 
paró. Él entonces la tomó de la cintura y la besó, la 
besó apasionadamente. ¡Qué importancia podía te¬ 
ner entonces la edad, él con sus diecinueve años y 
ella con veintiuno! Toda la vida corría en ese beso 
juvenil. Así nació el romance de él y de ella. Roman¬ 
ce que se vio interrumpido porque ella viajó con sus 
padres a París. Él se quedó solo, solo y esperando. 

Ahora volvieron a encontrarse. Pero los años 
no pasan en vano. Sería el último encuentro entre él 
y ella. 




final be un fuego 




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S\4cnlin 


Lo conocí en París. Recuerdo que fue durante 
el mayo caliente de 1968 patrocinado por unos miles 
de estudiantes que habían comenzado la revuelta y 
parecían justificar el desorden con imaginarias pro¬ 
puestas que atraían a los intelectuales, los oficinis¬ 
tas, los borrachos, las prostitutas y hasta a algunos 
obreros que se mantenían a la expectativa. Estaba 
parado en una esquina, de jeans, observando las ba¬ 
rricadas. Luego, ocho años después, me encontré 
nuevamente con él en una esquina de Buenos Aires, 
Corrientes y Montevideo, a la salida del subte. Era 
un tipo alto, larguilucho y flaco, con una barba hir¬ 
suta y rojiza que no tenía en el encuentro anterior y 
que escondía apenas su cara de niño-viejo. Me trocó 
por una caja de Gitanes el ejemplar de Clarín que yo 
llevaba arrollado debajo del brazo, tratando de pro¬ 
tegerlo de la lluvia. Así, con esa contraseña, nos re¬ 
conocimos otra vez y si bien en París ya no había 
barricadas ni estudiantes revoltosos, en Buenos Ai¬ 
res pasaban muchas cosas raras. Los vientos del sur 
aceleraban el frío invernal de la tarde. 

Caminamos en dirección a la Casa Rosada hasta 
llegar al Ondines, café en el cual nos reuníamos ha¬ 
bitualmente con Rita. Y mientras íbamos caminan¬ 
do, la gente nos observaba atentamente, curiosea¬ 
ban dándose vuelta y pensando reconocer, equivo - 



80 _ 

ScRgio ScipAmc 


cadamente, a Cortázar junto a un desconocido ad¬ 
mirador de sus obras literarias. Si hubiéramos cami¬ 
nado por París nadie se hubiera percatado de nues¬ 
tra presencia. Pero la gente en Buenos Aires se ima¬ 
gina muchas cosas absurdas cuando se acerca el apo¬ 
calipsis o cuando se sienta largas horas frente a la 
pantalla del televisor. Allí estábamos ahora, senta¬ 
dos en una mesa del Ondines tomando café, fuman¬ 
do, buscando jeroglíficos detrás de los cristales de la 
ventana del café. Simplemente nos dejábamos llevar 
por ese inventario callejero que incluía a los Falcon 
corriendo, dueños de la calzada, con sus estridentes 
sirenas y sus ocupantes ostentando las Browning, 
por los ruidos de la loza que manipulaban los mo¬ 
zos, por la discusión en voz queda de la joven pareja 
sentada en la mesa de al lado, por el paso de los tran¬ 
seúntes que observábamos a través de la venta¬ 
na esmerilada por las gotas de lluvia que parecían 
lágrimas en el vidrio, por esas sombras apuradas que • 
intentaban escapar al chaparrón o simplemente si¬ 
mular que no iban a ningún lado. Un espectro de la 
ciudad encajonada por los edificios, un complejo gris, 
monótono, depresivo. Y Julio quería (así se llamaba) 
empecinadamente, presenciar allí un crepúsculo. Me 
había confesado su pasión por ellos, su hobby de fo¬ 
tografiarlos cada vez que se encontraba en Mon¬ 
tevideo y se alojaba en el Columbia, donde podía 
ver el puerto, la bahía, la escollera y más allá el cerro, 
y abría una pequeña ventana del baño por donde 
sólo se podían observar las vetustas construcciones 
de la Ciudad Vieja con sus miradores y alguna vez, 
unas raras palomas posadas sobre un muro de ladri- 



_ 81 

¿AAonlin 


líos, todo eso antes que llegara la noche con una luna 
boba, inerte. Julio me citaba, además, el crepúsculo 
del cuadro de Daumier sobre el asalto a la Comuna 
de París en 1871. Decía que esos comuneros habían 
ido al asalto del cielo. Y se interrogaba: “¿Vaha la 
pena hacerse matar?” Mientras él encendía un nuevo 
cigarrillo yo me contestaba en silencio la pregun¬ 
ta. Luego, completamente abstraído, Julio murmu¬ 
raba: “Une galerie á jour pour prende le soled”. 

En París, esa misma tarde, seguramente se ve¬ 
ría caer el sol detrás de la torre Eiffel. Claro que no 
estábamos ni en París ni en Montevideo sino en 
Buenos Aires donde todo se teñía de gris. Cielo, 
paredes, árboles, hombres, ideas. Cómo pretendía 
este hombre, entonces, contemplar un colorido cre¬ 
púsculo. Pero allí estaba, imperturbable, esperando 
el milagro de la redención del tiempo, sentado a una 
mesa del café de la avenida Corrientes. 

Las veces siguientes que me reuní con él fue¬ 
ron, precisamente, en París, en su apartamento de la 
Rué de Sévres. Y fue allí donde conocí a Alejandrina. 
Hasta entonces nunca me había hablado de ella, así 
es que yo ignoraba su existencia. El primer encuen¬ 
tro tuvo una significación muy especial para mí (por 
sus consecuencias futuras) y para él también (por lo 
que pude vislumbrar después). Alejandrina era sigi¬ 
losa, de unos extraños y cautivantes ojos verdes que 
lo observaban todo. Pronto me di cuenta de un de¬ 
talle: era muda. 



82 _ 

ScRgio Stip&nic 


Con Julio jugábamos construyendo palín¬ 
dromas. Recuerdo que él había creado uno, inspi¬ 
rándose en una rata consecuente que había apareci¬ 
do ese día en el apartamento y nos acechaba quieta 
en un rincón de la cocina. Esperaba las migajas de 
pan que Julio, como si fueran municiones, le arroja¬ 
ba violentamente mientras reía a carcajadas. Le bus¬ 
có un nombre, un palíndroma: Satarsa. Asimismo, 
yo podía observar que Alejandrina detestaba al roe¬ 
dor, quizás por su condición femenina y se contenía 
de ahuyentarlo por temor a perturbar el deleite y la 
jocosidad de Julio. También jugábamos construyen¬ 
do diálogos de ruptura. Allí participábamos todos, 
especialmente Alejandrina, que era una excelente 
polígrafa y sabía emitir, a pesar de su mudez, valién¬ 
dose de gestos, espléndidos mensajes codificados 
que eran ininteligibles para otros que no fuésemos 
Julio y yo, me refiero especialmente a Lozano que a 
veces participaba de las reuniones. Alejandrina, con 
sus poses, era capaz de provocar diálogos de ruptu¬ 
ra tales como “Te quiero a ti aunque él...” o “Nece¬ 
sito estar ahora contigo pero siento que...”. En ge¬ 
neral, se mostraba mimosa con Julio, aunque a ve¬ 
ces, intentaba seducirme y entonces yo presentía e 
imaginaba el deslizamiento de su cuerpo sobre mis 
hombros, mi pecho, mis muslos. Cuando eso ocu¬ 
rría se fracturaban los juegos y Julio se encerraba en 
su dormitorio y tocaba la trompeta. Trompeta soli¬ 
taria. Los celos lo llevaban a emitir sonidos 
disonantes del instrumento del cual nunca fue un 
eximio ejecutante. Alejandrina, entonces, penetraba 
sigilosamente en la pieza y se acurrucaba en la cama. 



_ 83 


Otras veces, Julio y yo ocultábamos los celos ha¬ 
blando y discutiendo sobre jazz y así pasábamos del 
piano de Thelonius Monk o de Errol Gardner al 
grupo de Dave Brubeck en “Toma 5” o a Ellington, 
al clarinete blanco de Benny Goodman o al saxo del 
Gato Barbieri. También polemizábamos sobre la 
última actuación de Glenda Garson o sobre la última 
novela de Govtisolo. Alejandrina, entonces, man¬ 
tenía distancia echada sobre el sofá de cretona blan¬ 
ca, hierática, silenciosa como siempre, con su miste¬ 
riosa mirada perdida tras el ventanal. 

Esa mañana, temprano, sonó el teléfono de mi 
habitación del hotel. Lozano, con voz entrecortada, 
me dio la noticia: “Julio murió”. Lo único que atiné 
a balbucear fue “¿qué estás diciendo?” y colgué. La 
honda depresión que se había apoderado de mí per¬ 
manecía mientras me encerraba en el baño, fumaba 
sentado en el inodoro, abría luego la llave del agua y 
después del baño, me vestía. Al mismo tiempo azo¬ 
taban intermitentemente a mis pensamientos no só¬ 
lo las imágenes vivas de mi amigo sino también las 
de Alejandrina. Imaginaba a ésta en esos momen¬ 
tos, con actitudes incomprensibles. La veía irresolu¬ 
ta y desconcertada. Descendí del taxi y corrí hacia la 
entrada del edificio. Creo que casi empujé al portero 
argelino que se había empeñado en barrer unas ho¬ 
jas secas y algunas colillas de cigarrillos frente al as¬ 
censor. La puerta del apartamento de Julio estaba 
entreabierta. Lozano me esperaba adentro. Sobre la 
mesa ratona ubicada frente al sofá, debajo del ceni¬ 
cero de ónix, había un papel escrito por Julio. Decía: 



84_ 

ScRgio Scip&mc 


“Alejandrina yanoamanoya”. Era la última travesu¬ 
ra, el último juego de mi amigo. Interrogué a Loza¬ 
no sobre Alejandrina. Éste se encogió de hombros 
y permaneció en silencio. Busqué por todas las ha¬ 
bitaciones. Nada. 

Alejandrina, la blanca gata de Angora, había 
desaparecido. 



índice 


moulin .9 

romanza .69 


final be un Juego 


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Noviembre de 2003 





Sergio Stipanic nació en Montevideo en 1944. Maestro y 
periodista, se radicó en Buenos Aires en 1976 y colaboró con el 
diario Clarín. En Argentina publicó El pescador perdido (1980) y 

Punta del Este, mate y candombe (1982). 

De regreso a su país, trabaja en la página cultural del diario 
Últimas Noticias y publica Cuentos para leer en la escuela (1992), 
Con la frente marchita (1993) y Final de un juego (1998)! 

Una nouvelle y dos relatos breves, de tono intimista, nos 
trasladan mágicamente a las décadas de los 60 y los 7( 
en Uruguay. Las peripecias de los protagonistas, as 
como los ambientes en que se desarrollan, 
cuidadosamente seleccionados y descritos con exquisita 
sensibilidad, hacen que el lector se sienta atraído y 
conmovido. El Moulin que sirve de lugar de cruce de 
historias de vida, será inequívocamente identificado 
por los memoriosos bohemios de aquella época rispida. 
Conciso y eficaz, Stipanic sintetiza vidas y conflictos 
con maestría. 


ISI 

BN 9974-49-307- 

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y 7 y 

1 

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EDITORIAL FIN DE SIGLd 


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